EL
VIAJE
Como todos los fines de semana me dirigía a casa a
visitar a mis dos hijas.
Luego de una semana agitada en la vereda, las carreras al
pueblo, la preparación de clases y la lidia con mi compañera de trabajo, sólo
quería, como todos los sábados, llegar a casa y descansar.
Pero no se imagina lo que me sucedió esa vez. ¡Hay mija!
¡Pensé que no llegaría!
Yo quedé de pie, sosteniéndome lo que mejor pude. Pero luego de un minutico escuché a un señor que iba en la parte de atrás que me dijo “venga mi señora, siéntese aquí”. Y pues, yo al ver que ya se había parado del último puesto de la izquierda y se había acomodado en ese murito que queda atrás en medio de los asientos, ni modo, me senté.
Pero ¡hay! Impresión la que me llevo cuando ESE olor,
como a sudor…no sé, me dieron unas ganas de vomitar tremendas, pero qué más
hacía, me tocaba aguantar, y cuando me fijé bien en el tipo este que me cedió
el puesto, me dio la impresión de que era como un desechable.
Estaba sucio, con ese pelo enredado y sucio, estaba
vestido todo de negro y con unas botas grandísimas, las manos descuidadas y un
bolsito todo roído. ¡Hay no!, lo primero que pensé fue ¡Dios, éste señor me va
a robar!
Entonces guardé el celular (que poquito lo quería yo. Que
me lo habían dado mis hijas en el cumpleaños). Es que claro, como era grande,
delgadito y vistoso. ¡Jum! Yo sólo pensaba “Que Andrés no me llame, que Andrés no
me llame” porque no importara que vibrara; yo no lo iba a sacar, no pensaba
arriesgarme.
Mayor razón tenía yo para desconfiar. Y ahí sí pensaba de todo-“Pues si éste me amenaza, que más hago yo, me tocará darle lo que tengo, prefiero llegar enterita a casa, con mis niñas que no llegar”-.
¡Hay mi niña! Como es la gente ¿no?, es que uno siempre piensa lo peor. Pero qué
más podía pensar uno de una persona como esa. Uno puede ser muy trabajador y
todo, pero ante todo la limpieza personal, porque parecía que no se había
bañado en semanas el tipo ése.
La cosa es que no fue sino que se bajara una pareja que
ocupaba unos asientos más adelante, en unas partidas, y yo que me levanto y me
aplasto allá con mi compañera, que venía mareada por darle la espalda a la
carretera.


Cuando fuimos llegando a Medellín, yo que siempre me bajo
en Niquía para coger puesto en el metro. Ahí sí la pensé. “Si esté señor se
baja aquí, me tocará irme hasta la terminal”- pensaba yo-. Entonces, miré de
reojo y al ver que el muchacho ni se inmutaba… las que se levantan y pegan en
carrera.
Me bajé con el corazón a mil, incluso en el metro ya
venía como con ansias. ¿Acaso no queda uno como con una cosa?, como una
sensación de que no ha pasado todavía, un sustico todo maluco que, en esa
ocasión no se me pasó sino hasta cuando estuve en casa como todos los fines de
semana, a descansar con mis hijas.
POR: LalaFranko

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